
En comparación con la barbarie de las dictaduras militares que para entonces asolaban América Central, Venezuela era un modelo de democracia, un vecino hospitalario, sólido y poderoso, un poderoso actor en la región y un referente al cual recurrir. Décadas después, Venezuela es hoy por hoy el inmenso laboratorio donde no solo se cocina buena parte del futuro de la democracia en nuestro mundo latinoamericano. Es también el tablero donde se purgan muchos de los males que han afligido a nuestros sistemas políticos, por generaciones. Tras años de caudillismo mesiánico, pésima administración, robo sistemático del Estado y de la riqueza natural por parte de una clase corrupta que no duda en llegar a la intimidación -y todo ello en nombre de la redención social-, una inmensa parte de la valerosa ciudadanía se ha rebelado contra un régimen autoritario disfrazado de democracia, que ha llevado a su nación a la sala de cuidados intensivos. Venezuela es una advertencia para todos, un ejemplo del cual podemos extraer algunas lecciones, cuando olvidamos que en toda democracia, invariablemente, el primer actor y el primer responsable es el ciudadano de a pie.
1. Nunca pero nunca, desentenderse de la política.
Cuando se vive en una democracia, encogerse de hombros y volver a ver para otro lado, es poco menos que una negligencia criminal. El ciudadano debe siempre tener no solo sus dedos índice y anular puestos en el pulso de su gobierno. Debe participar activamente, organizarse civil y comunitariamente, estar responsablemente informado de lo que sucede en su entorno, de las alianzas de poder que se tejen por encima de él, del proyecto país que se quiere construir en su nombre, de opinar y ejercer presión a través de los cauces legales y democráticos. Desentenderse de la política, es el primer paso para convertirse en víctima de los inescrupulosos que llegan al poder. Si se concuerda en que, en una democracia es el pueblo el que gobierna, un pueblo que se desentiende de la política es un pueblo irresponsable que abdica de su responsabilidad y deja la nación al garete. Eso nos lleva al siguiente punto.
2. Siempre escrutar a los que gobiernan en nuestro nombre.
De primera entrada, hay que reconocer que esto no es fácil ni del agrado de nadie. Primero porque demanda una gran madurez ciudadana el supervisar los actos del gobernante, del legislador y del administrador de justicia, sin caer en el acoso, la calumnia o o la persecusión por la persecusión misma. Una adecuada vigilancia ciudadana demanda mesura, deber de informarse, justicia para reconocer los logros y ante todo, una enorme claridad de pensamiento para resistir la tentación de hostigar a aquellos que piensan distinto de nosotros, por el simple pecado de disentir. Fundamental es, ante todo, escrutar a aquellos que piensan como nosotros y que por ello, estamos más dispuestos a cubrirles sus deslices con el velo de la justificación.
3. Desconfiar de los caudillos redentores.
No hay quite. Toda democracia robusta, capaz de satisfacer las más elementales necesidades de sus ciudadanos, en un marco de libertades y de respeto a la legalidad, se fundamenta en la solidez de instituciones democráticas independientes entre sí, adecuadamente administradas. Cuando a lo largo y ancho de nuestras patrias latinoamericanas nuestros ciudadanos se rasgan las vestiduras esperando por un verdadero patriota que rescate al país de los inescrupulosos que los gobiernan, estamos ejercitando la más rancia tradición del caudillismo. La funesta creencia de que un hombre mesiánico vendrá para cambiarlo todo y llevarnos a nadar a algún mar específico de felicidad, ha sido uno de los tantos grilletes que han atado el despegue democrático al suelo. Por lo general, el problema de los mesías es que invariablemente terminan por creerse infalibles e indispensables, enquistándose en el poder, tal y como sucedió con Chaves, tal y como sigue intentando Maduro, tal y como lo lograron los hermanos Castro. Y cuando uno se cree infalible e indispensable, inevitablemente se llega también al conocimiento de que nada, ni un congreso, ni un poder judicial independiente, ni una prensa libre y plural, ni tan siquiera los que piensan distinto, está por encima de uno. Y con caudillos indispensables, más antes que después surgen también los colaboradores indispensables, participantes del botín y también colocados más allá del bien y el mal, con lo cual se abren las puertas al nepotismo, al favoritismo y al argollaje político.
4. No tolerar la corrupción y ante todo, no practicarla.
Al igual que sus hermanas latinoamericanas, la nación venezolana ha tenido una larga tradición de corrupción, uno de los principales flagelos que condena a un pueblo a la pobreza. Cuando la popularidad de Chaves se disparó tras su fallido intento de golpe de estado en 1992 contra una democracia bipartidista corrupta y ya abiertamente insensible a las necesidades de su pueblo, que implementaba duros programas de austeridad y ajuste para paliar el desbarajuste económico que ella misma había provocado, lo que los sectores más empobrecidos hacían era, justa y razonablemente, seguir a un hombre que les prometía acabar con la injusticia y la corrupción de un sistema que exigía ser respetado pero que los tenía en el olvido. El problema es que cuando se crece en una ambiente de corrupción, el irrespeto a la ley (justa o injusta) se torna la más elemental norma de supervivencia. La corrupción invariablemente termina permeándolo todo, hasta las buenas intenciones, y para cuando Hugo Chaves inició en el año 2000 sus primeros programas sociales en materia de alfabetización (Misión Robinson), subsidios a los alimentos (Misión Mercal), salud (Misión Barrio Adentro), vivienda para los pobres (Misión Hábitat), con ellos empezaron también las polémicas por corrupción, favoritismos en su aplicación, botín político para generar cuadros adictos y la generación de un fuerte asistencialismo, sin tocar el núcleo de las inequidades sociales. Para cuando Chaves fue reelecto Presidente por primera vez en 2000, Venezuela ocupaba el lugar 70 de 180 países escrutados en el Índice de Percepción de la Corrupción anualmente elaborado por Transparencia Internacional. Para 2018, ocupaba el poco honroso 168, por debajo de Haití (162), Nicaragua (152), y cerca de entrañables amigos como Siria (178) y Corea del Norte (176). Tampoco hay quite en esto. Los gobiernos no son sino reflejo de los pueblos que los votan. El ciudadano de a pie no solo no debe tolerar la corrupción en quienes los gobiernan. Debe respirar hondo, afrontar valientemente las consecuencias, y no permitírsela a sí mismo en su día a día. Por allí se empieza.
5. Velar por el patrimonio energético, cuando se tiene.
En buen cristiano, esto significa, cuando se tiene un suministro energético fósil de las magnitudes del venezolano (24,9% del total de las reservas mundiales), el tener claro que: a) la bonanza que este permite no es eterna y por ello, no se puede dispalfarrar alegremente; b) con el auge de las nuevas tecnologías de extracción, los precios tienden a la baja y la cascada de dólares invariablemente tenderá a irse achicando, y c) dormir con un ojo abierto y otro cerrado, vigilando dicho patrimonio. Una tarta petrolera es un bocado en extremo tentador como para no desboronarlo a dentelladas por parte de políticos inescrupulosos, un arca abierta donde no hay justo que no termine pecando. Iniciando su mandato el Comandante Chaves, que en aras de la justicia no hizo sino exacerbar una tendencia ya iniciada, se dedicó a dilapidar la riqueza mineral, repartiendo dádivas a lo interno y externo, para consolidar su nombre, crear influencia en la región y cuadros de apoyo adictos. Quince años de semejante festín fueron amortiguados por el alza recurrente en los precios del petróleo, hasta que en 2015, con el final del boom petrolero, y el bajonazo en el precio del barril venezolano de 78 a 40 dólares (el primero de varios por venir), a Maduro le estalló una enorme crisis económica que terminó por lanzarle al pueblo a las calles. Con la gigantesca petrolera estatal PDVSA en manos de la corrupta boliburguesía fundada por Chaves -y que sostiene a Maduro en el poder-, con enormes y sedientos intereses externos frotándose las manos, desde Washington y La Habana, hasta Moscú y Pekín, el petróleo acabó por convertirse en uno de los problemas adicionales del gobierno venezolano, el cual tuvo paradójicamente que importar refinados para paliar el déficit de su producción.
6. Respetar el tejido productivo del país.
Los programas sociales implementados por la Revolución Bolivariana, innegablemente necesarios para amplios sectores criminalmente olvidados por la democracia tradicional venezolana, se fundamentaron exclusivamente en la bonanza petrolera, como se mencionó líneas arriba, con las complicaciones ya enumeradas. El problema es que los mismos se acompañaron de una creciente campaña contra el sector productivo privado, el cual fue sometido a expropiaciones sin control, inseguridad jurídica, ajustes de precios irreales, confiscaciones, burocratismo, sustituciones de funciones por el aparato estatal, sin experiencia en estos menesteres, y una corrupción de niveles abiertamente mafiosos, paga por protección incluida. Las carestías recurrentes, la falta de productos de primera necesidad, el disparo de un 800% en los precios finales al consumidor son las consecuencias de los actos de un gobierno que se olvidó de una lección aprendida dolorosamente por todos los países que practicaron el absolutismo estatista: cuando no se produce riqueza, lo único que queda por repartir es la miseria.
7. Jugar limpio.
Nos guste o no, en la democracia se juega a confiar en transparencia, en especial con aquellos que piensan diferente. Si el otro es indigno de la confianza depositada, se le castiga en las urnas o en los tribunales, con las garantías de ley. Irrespetar las leyes sale caro y Maduro terminó por engullir a tragos una muestra de la amarga medicina que tan alegremente él y su mentor aplicaron en los años anteriores. El aparato bolivariano nunca ha dudado en crear estructuras paralelas para mantener el control de aquellos sectores que se les escapaban de las manos o caían en los predios de la oposición, multiplicando hasta el infinito el aparato burocrático en el proceso. Ejemplo de ello han sido los protectores de la revolución, nombrados para enquistarse con el apoyo del gobierno, en las provincias cuyas gobernaturas quedaban en manos de la oposición. Al cerrarse las urnas en las elecciones parlamentarias de 2015, en las cuales el PSUV de Maduro perdió 112 de los 167 escaños de la Asamblea Nacional, él y Diosdado Cabello (eminencia gris bolivariana por excelencia), tuvieron la lamentable pero entendible idea, en déspotas de cortas luces, claro está, de formar un Parlamento Comunal paralelo, al cual darle atribuciones que debían quedar en las manos legislativas. Al reelegirse Maduro en oposición a lo indicado constitucionalmente pero con el apoyo del Parlamento Comunal, la existencia de esta estructura paralela no lo salvó de que la opositora Asamblea nombrase como presidente a Juan Guaidó, a fines de 2018, medida controversial pero que ha tenido el apoyo de gran parte de la ciudadanía, al considerar muchos a la Asamblea Nacional la única fuente de legitimidad en medio del caos de estructuras paralelas creado por el gobierno.
8. Saber decir «es suficiente».
Llega un momento en que se deben pedir cuentas. Y muchas veces, no basta con el castigo en las urnas. Se requiere una presión firme de la ciudadanía. En democracias consolidadas, lo idóneo es ejercer la misma por cauces cívicos, con el respaldo de las leyes y dentro de los límites de la institucionalidad. El sabotaje, la violencia gratuita, la intimidación por parte de grupos de poder y el camuflaje de privilegios como luchas sociales no son opciones válidas de buenas a primeras. Lo procedente es condenar a políticos y a partidos corruptos al olvido, escrutar los actos de aquellos a los cuales nombramos en su lugar y no permitir que nuestras vidas queden a capricho del ambicioso de turno o del burócrata saturado de privilegios. Pero cuando el Estado falla aparatosamente, cuando se convierte en el sirviente y el ejecutor de una minoría egoísta e inescrupulosa que se cobija bajo mensajes de redención social, grandeza patria o puritanismo escrupuloso, el ciudadano tiene que recordar que sigue siendo el principal responsable del sistema político bajo el cual vive, aquel al que finalmente se le han de pedir cuentas. Los venezolanos lo tienen claro. Sea el modelo de país que terminen decidiendo, el consenso creciente es que no pasa por el camino por el cual los llevan Maduro y compañía. El ciudadano de a pie ha empezado a caminar por las calles venezolanas. Debemos aprender de él, por si nos llega el turno.
Excelente su trabajo. Es un análisis concreto y muy bien fundamentado. Es una voz de alerta urgente a los paises latinoamericanos. Eso sucede cuando se descuida la democracia y la corrupción, la mediocridad y los oportunistas llegan al poder. Esto sucede también cuando el pueblo se desencanta y pierde la noción de su rol.
Muy interesante su página. Lo felicito , Feliz Día.!
!Muchas gracias por su comentario! Efectivamente en una democracia lo que cuenta es la sociedad civil. Los políticos vienen y van, y si los ciudadanos lo permiten, los oportunistas e insecrupulosos se hacen llegar al poder, convenciéndonos de que son indispensables y de que, sin ellos, nada es posible para nosotros. Saludos cordiales y muy feliz día.